ADELANTO EXCLUSIVO DEL LIBRO LA PRESIDENTA, HISTORIA DE UNA VIDA, DE SANDRA RUSSO“Tuvimos que pelear para defender al Gobierno”
24–07–2011 / Desde que llegó a la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner no dio ninguna entrevista a medios gráficos (la última fue a este diario antes de asumir) y sus contactos con los medios se redujeron aún más desde la muerte de Néstor Kirchner.
Por eso, no es uno de los méritos menores de la autora de La Presidenta, historia de una vida, la indispensable biografía escrita por Sandra Russo que editorial Sudamericana distribuirá en librerías a partir del 1º de agosto, el haber conseguido concretar largos diálogos con CFK que le sirvieron tanto para afinar los resultados de su trabajo como para iluminar los momentos más importantes de la vida de la protagonista con su propia palabra.
Una parte de esas definiciones presidenciales es lo que P/12 adelanta a sus lectores. Así aparecen verdaderas revelaciones sobre su trayectoria, la relación que la unió y aún la une a Néstor Kirchner, su formación política, los momentos claves de su mandato (como la 125, la ley de medios, Fútbol para Todos, la estatización de las AFJP, el matrimonio igualitario) y hasta el relato de la última noche que pasó con Kirchner y lo que ella considera su legado.

El padre y la madre nunca se llevaron bien. Era una de esas tantas parejas que no se entienden. No tenían nada que ver el uno con el otro. “Nunca me puse a analizarlo demasiado“, dice Cristina, y yo me acordaré de esto cuando ella cuente, más adelante, su tropiezo con la psicología.
En cuanto a su hermana, asegura tajantemente que era la más querida de esa familia.
– Decían que era yo la bipolar. Les da lo mismo, mezclan todo. Confunden a una persona con la otra, pasan por alto lo que significa en una familia ver a alguien tan joven ponerse tan mal. Fue terrible cuando se enfermó.
Gisele es muy inteligente y tiene un alto grado de sensibilidad. Extrema, te diría. Hay gente que padece esa enfermedad y que tiene una percepción muy aguda de las cosas, y vos sentís que casi te adivina, que te lee el pensamiento. Cuando se acepta el tratamiento, los pacientes responden muy bien. El problema dura hasta que lo aceptan, porque Gisele no quería tomar la medicación.
Para mí su enfermedad fue muy fuerte, muy dura. Siempre tuvimos una relación muy estrecha, más de lo común entre hermanas. Ella dependía de mí más que yo de ella, porque mi mamá me la enchufaba siempre. “Andá con tu hermanita”, “No, mamá, no tengo ganas de ir con mi hermanita”. Pero me tenía que hacer cargo. Eso me reventaba. Ella me adora, soy su ídola. Néstor la adoraba, y ella a él también.
El estribillo del antiperonismo. Su análisis se basa en esas condiciones materiales, familiares, en esa prefiguración del mundo que toma cuerpo en la infancia. Cristina Fernández nunca se psicoanalizó. Lo que hizo, sí, fue inscribirse un año en Psicología. Una experiencia cuyo recuerdo le parece “insoportable”.

Cristina era perito mercantil, y cuando llegó el momento de inscribirse en Derecho, que era la carrera elegida, hubo un obstáculo administrativo. En Derecho no aceptaban peritos mercantiles y había que rendir diecisiete equivalencias.
– Como si los peritos mercantiles fuéramos almaceneros con título, qué ridículo. Yo como perito mercantil había cursado muchas materias que tenían más que ver con Derecho que cualquier bachiller. Había cursado Derecho usual, Derecho administrativo, Economía política. Pero no hubo nada que hacer ese año y me inscribí en Psicología, que no se daba en Humanidades sino en un instituto que quedaba muy lejos y había que estar muy temprano. Dios, llegaba hasta ahí y me decía a mí misma “qué hacés vos acá, escuchando esto”. La materia que más me gustaba era Antropología cultural, estaba la cátedra de Mario Margulis. Pero había un ayudante…
Escuchar esas cosas tan temprano… –se agarra la cabeza y se ríe–. No era para mí. A mí me gusta discutir, pero sobre cosas concretas. Detesto hablar sobre bueyes perdidos. No lo toleraba. Yo quiero discutir con resultados. Discutimos y bueno, vos tenés razón, yo tengo razón, cedemos los dos un poco, en fin.
Pero no puedo soportar la incertidumbre –dice, todavía explicando su aburrimiento en las clases de Psicología, pero ya virando en otra asociación–. Mirá los desaparecidos. Lo más terrible no fue la muerte, sino el estado nebuloso del desaparecido. Muerte y tortura hubo siempre a lo largo de la historia argentina. Lo novedoso, lo perverso que introdujo la dictadura militar fue ese “no saber”. Eso nadie lo esperaba, era inconcebible. Y cada vez que uno lo piensa bien, sigue siendo inconcebible.
Mientras, Cristina veía declinar su propio entusiasmo por el noviazgo con Cafferata, hubo varias reuniones en la casa de Pipa a las que Omar llegaba con su guitarra y sus amigos. Entre ellos estaba Néstor. Nada indicaba, en esos cruces previos, que entre ellos algo se encendería con tanto fuego.
Estéticamente, parecían polos opuestos. Cristina era impecable y Néstor, un desastre. Llegaron a estudiar una materia los 4 juntos. Cristina era una máquina de leer, y a Néstor parecía difícil hasta sentarlo a la mesa.
Era el más comprometido de ellos con la FURN, pero no perseguía un promedio brillante.
El Día del Estudiante de 1974 iba a producirse el Gran Chispazo.
– El Centro de Estudiantes de Santa Cruz había festejado ese 21 de septiembre en el Parque Pereyra Iraola.
Néstor venía de ahí. Yo estaba en la casa de Omar, estudiando, porque teníamos un parcial de Reales, Derecho Civil IV. Llega Pipa y le dice que se había muerto su abuelo. Omar se fue con ella al velorio. Néstor me vio estudiando y se ofreció a ayudarme, porque nosotros estudiábamos de a dos.
Uno leía en voz alta. Como Omar se fue, me dijo: “Yo te ayudo”. “Bueno, gracias”, le digo. Se sienta. ¡Y me empieza a discutir todo! –se indigna Cristina todavía–. Cosas que yo sabía. Yo decía algo y me interrumpía. “No, no es así.” “Cómo que no es así”, le decía yo. “No. No es así.” Hasta que me di cuenta de que estaba mamado. Le dije: “Querido, ¿vos me estás tomando el pelo? Andate a joder con tus amigos, que yo me voy a la mierda”. El se reía. Y no me fui, me parece. Creo que me quedé.
“Arrancamos así, peleándonos. Discutíamos por todo, por cosas que nos parecían muy importantes y cosas que eran pavadas. Pero nos peleamos siempre, desde el primer hasta el último día.”
Las discusiones las terminaba cualquiera de los dos, “el que creía que iba ganando”, aclara.
Cristina se extiende en el tema de las peleas. Creí que se había tratado de un mero comentario, pero a medida que sigue hablando, es obvio que eso es lo que más extraña. Pelearse con Néstor. Esa manera de hacerse compañía. Desarrollaron un arte de la pelea.
– Yo cuando me enojaba no le hablaba –dice usando un tono nuevo, mordaz, de jugadora–. Era lo peor que le podía hacer. No hablarle. Yo sabía que si resistía ganaba, pero me costaba mucho. He llegado a estar un día entero sin hablarle –afirma con la cabeza, como reconociéndose un mérito.
– ¿Un día? No es nada –le digo.
– Pero para nosotros un día era una eternidad. No podíamos vivir sin hablarnos. El a veces se ensimismaba, y te dabas cuenta de que estaba enojado por la cara que tenía. ¡Cómo me reventaba esa cara de culo cuando no sabía qué le pasaba! “Qué pasa”, le preguntaba. Y él contestaba “nada”, con mal tono. Podía ser que le hubiera molestado algo de mí o de alguna situación. Pero yo no soportaba que me dijera “nada”.
Se habían acostumbrado a estar juntos todo el tiempo. Cuando Néstor fue intendente de Río Gallegos y durante los 12 años que fue gobernador de Santa Cruz, Cristina tenía su despacho al lado del suyo.
Incluso cuando era diputada nacional y pasaba los días de semana en la Capital, mantuvo su despacho junto al del gobernador. Pero en aquel tiempo, cuando de lunes a jueves Cristina se instalaba en el departamento de Juncal y Uruguay, comenzaron los llamados.
Repetidos, obsesivos, insistentes. Quienes los conocieron cuando él era intendente y ella jefa de campaña, o cuando él era gobernador y ella secretaria legal y técnica o diputada nacional, o cuando él fue Presidente y ella, además de “primera ciudadana”, senadora, o cuando ella fue Presidenta y él su primer militante, no dejan de mencionar los llamados que se hacían. Eran constantes y a toda hora. Mañana, tarde, noche, madrugada. Por motivos políticos y domésticos.
Cristina hace silencios cortos. Son pausas en la conversación que usa, creo, para ordenar lo que va volviendo a su mente y sus emociones. Ahora que ya ha tosido un poco y ha terminado su lágrima, dice casi admirada:
– Lo impresionante es que yo pensaba en él y el tipo me llamaba. Teníamos momentos telepáticos. Nos llamábamos en el momento y por el mismo tema en que estaba pensando el otro. Y cuando estábamos juntos, a veces ni hablábamos, con mirarnos ya nos entendíamos. Era muy impresionante, sí; la conexión era impresionante.
– Tener un interlocutor como ése es…
– Insustituible. No hay otra palabra. Con el que más me acerco ahora es con mi hijo, pero es totalmente distinto, es otra edad, otras vivencias, tenemos una relación de madre e hijo. Lo mío con Néstor fue increíble.
24–07–2011 / Desde que llegó a la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner no dio ninguna entrevista a medios gráficos (la última fue a este diario antes de asumir) y sus contactos con los medios se redujeron aún más desde la muerte de Néstor Kirchner.
Por eso, no es uno de los méritos menores de la autora de La Presidenta, historia de una vida, la indispensable biografía escrita por Sandra Russo que editorial Sudamericana distribuirá en librerías a partir del 1º de agosto, el haber conseguido concretar largos diálogos con CFK que le sirvieron tanto para afinar los resultados de su trabajo como para iluminar los momentos más importantes de la vida de la protagonista con su propia palabra.
Una parte de esas definiciones presidenciales es lo que P/12 adelanta a sus lectores. Así aparecen verdaderas revelaciones sobre su trayectoria, la relación que la unió y aún la une a Néstor Kirchner, su formación política, los momentos claves de su mandato (como la 125, la ley de medios, Fútbol para Todos, la estatización de las AFJP, el matrimonio igualitario) y hasta el relato de la última noche que pasó con Kirchner y lo que ella considera su legado.
Por Sandra RussoLa familia

El padre y la madre nunca se llevaron bien. Era una de esas tantas parejas que no se entienden. No tenían nada que ver el uno con el otro. “Nunca me puse a analizarlo demasiado“, dice Cristina, y yo me acordaré de esto cuando ella cuente, más adelante, su tropiezo con la psicología.
En cuanto a su hermana, asegura tajantemente que era la más querida de esa familia.
“Siempre le reproché a mamá que la quisiera más a ella que a mí, y eso no me lo puede negar. Es completamente cierto”, desliza.A Gisele la quisieron mucho todos, ella y Néstor también. Gisele es médica. Hizo toda su carrera en hospitales públicos, nunca quiso ejercer la medicina privada. Debió jubilarse por una enfermedad oncológica. Hace unos años sufrió un trastorno bipolar, del que se recuperó.
– Decían que era yo la bipolar. Les da lo mismo, mezclan todo. Confunden a una persona con la otra, pasan por alto lo que significa en una familia ver a alguien tan joven ponerse tan mal. Fue terrible cuando se enfermó.
Gisele es muy inteligente y tiene un alto grado de sensibilidad. Extrema, te diría. Hay gente que padece esa enfermedad y que tiene una percepción muy aguda de las cosas, y vos sentís que casi te adivina, que te lee el pensamiento. Cuando se acepta el tratamiento, los pacientes responden muy bien. El problema dura hasta que lo aceptan, porque Gisele no quería tomar la medicación.
Para mí su enfermedad fue muy fuerte, muy dura. Siempre tuvimos una relación muy estrecha, más de lo común entre hermanas. Ella dependía de mí más que yo de ella, porque mi mamá me la enchufaba siempre. “Andá con tu hermanita”, “No, mamá, no tengo ganas de ir con mi hermanita”. Pero me tenía que hacer cargo. Eso me reventaba. Ella me adora, soy su ídola. Néstor la adoraba, y ella a él también.
De Psicología a Derecho
Esta mujer que hoy representa a muchos sectores, pero que defiende prioritariamente a los trabajadores organizados, creció escuchando en su propia casa que el que no trabaja es porque no quiere y que los argentinos son vagos.El estribillo del antiperonismo. Su análisis se basa en esas condiciones materiales, familiares, en esa prefiguración del mundo que toma cuerpo en la infancia. Cristina Fernández nunca se psicoanalizó. Lo que hizo, sí, fue inscribirse un año en Psicología. Una experiencia cuyo recuerdo le parece “insoportable”.

Cristina era perito mercantil, y cuando llegó el momento de inscribirse en Derecho, que era la carrera elegida, hubo un obstáculo administrativo. En Derecho no aceptaban peritos mercantiles y había que rendir diecisiete equivalencias.
– Como si los peritos mercantiles fuéramos almaceneros con título, qué ridículo. Yo como perito mercantil había cursado muchas materias que tenían más que ver con Derecho que cualquier bachiller. Había cursado Derecho usual, Derecho administrativo, Economía política. Pero no hubo nada que hacer ese año y me inscribí en Psicología, que no se daba en Humanidades sino en un instituto que quedaba muy lejos y había que estar muy temprano. Dios, llegaba hasta ahí y me decía a mí misma “qué hacés vos acá, escuchando esto”. La materia que más me gustaba era Antropología cultural, estaba la cátedra de Mario Margulis. Pero había un ayudante…
Escuchar esas cosas tan temprano… –se agarra la cabeza y se ríe–. No era para mí. A mí me gusta discutir, pero sobre cosas concretas. Detesto hablar sobre bueyes perdidos. No lo toleraba. Yo quiero discutir con resultados. Discutimos y bueno, vos tenés razón, yo tengo razón, cedemos los dos un poco, en fin.
Pero no puedo soportar la incertidumbre –dice, todavía explicando su aburrimiento en las clases de Psicología, pero ya virando en otra asociación–. Mirá los desaparecidos. Lo más terrible no fue la muerte, sino el estado nebuloso del desaparecido. Muerte y tortura hubo siempre a lo largo de la historia argentina. Lo novedoso, lo perverso que introdujo la dictadura militar fue ese “no saber”. Eso nadie lo esperaba, era inconcebible. Y cada vez que uno lo piensa bien, sigue siendo inconcebible.
El gran chispazo
Pipa ya lo conocía a Néstor –era el pibe que vivía con su novio– cuando empezó a sentarse con Cristina en el curso. Néstor era identificable por la campera verde, brillante y jodón, pero decididamente no era un galán. De modo que cuando Pipa consoló a Cristina prometiéndole conseguirle un candidato, pensó en algunas posibilidades, pero ninguna de ellas incluía a Néstor.Mientras, Cristina veía declinar su propio entusiasmo por el noviazgo con Cafferata, hubo varias reuniones en la casa de Pipa a las que Omar llegaba con su guitarra y sus amigos. Entre ellos estaba Néstor. Nada indicaba, en esos cruces previos, que entre ellos algo se encendería con tanto fuego.
Estéticamente, parecían polos opuestos. Cristina era impecable y Néstor, un desastre. Llegaron a estudiar una materia los 4 juntos. Cristina era una máquina de leer, y a Néstor parecía difícil hasta sentarlo a la mesa.
Era el más comprometido de ellos con la FURN, pero no perseguía un promedio brillante.
El Día del Estudiante de 1974 iba a producirse el Gran Chispazo.
– El Centro de Estudiantes de Santa Cruz había festejado ese 21 de septiembre en el Parque Pereyra Iraola.
Néstor venía de ahí. Yo estaba en la casa de Omar, estudiando, porque teníamos un parcial de Reales, Derecho Civil IV. Llega Pipa y le dice que se había muerto su abuelo. Omar se fue con ella al velorio. Néstor me vio estudiando y se ofreció a ayudarme, porque nosotros estudiábamos de a dos.
Uno leía en voz alta. Como Omar se fue, me dijo: “Yo te ayudo”. “Bueno, gracias”, le digo. Se sienta. ¡Y me empieza a discutir todo! –se indigna Cristina todavía–. Cosas que yo sabía. Yo decía algo y me interrumpía. “No, no es así.” “Cómo que no es así”, le decía yo. “No. No es así.” Hasta que me di cuenta de que estaba mamado. Le dije: “Querido, ¿vos me estás tomando el pelo? Andate a joder con tus amigos, que yo me voy a la mierda”. El se reía. Y no me fui, me parece. Creo que me quedé.
Néstor
Cuando se encontraron por primera vez, ella tenía 20 y él 23. Se casaron a los seis meses de haberse conocido, pero eso no me lo dice. Toma un sorbo de la lágrima que le han traído, y habla de él sin que la voz experimente más que un temblor. Y de lo primero que habla es de las peleas. “Teníamos peleas memorables”, dice, y sonríe, como reconfortada por el recuerdo.“Arrancamos así, peleándonos. Discutíamos por todo, por cosas que nos parecían muy importantes y cosas que eran pavadas. Pero nos peleamos siempre, desde el primer hasta el último día.”
Las discusiones las terminaba cualquiera de los dos, “el que creía que iba ganando”, aclara.
Cristina se extiende en el tema de las peleas. Creí que se había tratado de un mero comentario, pero a medida que sigue hablando, es obvio que eso es lo que más extraña. Pelearse con Néstor. Esa manera de hacerse compañía. Desarrollaron un arte de la pelea.
– Yo cuando me enojaba no le hablaba –dice usando un tono nuevo, mordaz, de jugadora–. Era lo peor que le podía hacer. No hablarle. Yo sabía que si resistía ganaba, pero me costaba mucho. He llegado a estar un día entero sin hablarle –afirma con la cabeza, como reconociéndose un mérito.
– ¿Un día? No es nada –le digo.
– Pero para nosotros un día era una eternidad. No podíamos vivir sin hablarnos. El a veces se ensimismaba, y te dabas cuenta de que estaba enojado por la cara que tenía. ¡Cómo me reventaba esa cara de culo cuando no sabía qué le pasaba! “Qué pasa”, le preguntaba. Y él contestaba “nada”, con mal tono. Podía ser que le hubiera molestado algo de mí o de alguna situación. Pero yo no soportaba que me dijera “nada”.
Se habían acostumbrado a estar juntos todo el tiempo. Cuando Néstor fue intendente de Río Gallegos y durante los 12 años que fue gobernador de Santa Cruz, Cristina tenía su despacho al lado del suyo.
Incluso cuando era diputada nacional y pasaba los días de semana en la Capital, mantuvo su despacho junto al del gobernador. Pero en aquel tiempo, cuando de lunes a jueves Cristina se instalaba en el departamento de Juncal y Uruguay, comenzaron los llamados.
Repetidos, obsesivos, insistentes. Quienes los conocieron cuando él era intendente y ella jefa de campaña, o cuando él era gobernador y ella secretaria legal y técnica o diputada nacional, o cuando él fue Presidente y ella, además de “primera ciudadana”, senadora, o cuando ella fue Presidenta y él su primer militante, no dejan de mencionar los llamados que se hacían. Eran constantes y a toda hora. Mañana, tarde, noche, madrugada. Por motivos políticos y domésticos.
Cristina hace silencios cortos. Son pausas en la conversación que usa, creo, para ordenar lo que va volviendo a su mente y sus emociones. Ahora que ya ha tosido un poco y ha terminado su lágrima, dice casi admirada:
– Lo impresionante es que yo pensaba en él y el tipo me llamaba. Teníamos momentos telepáticos. Nos llamábamos en el momento y por el mismo tema en que estaba pensando el otro. Y cuando estábamos juntos, a veces ni hablábamos, con mirarnos ya nos entendíamos. Era muy impresionante, sí; la conexión era impresionante.
– Tener un interlocutor como ése es…
– Insustituible. No hay otra palabra. Con el que más me acerco ahora es con mi hijo, pero es totalmente distinto, es otra edad, otras vivencias, tenemos una relación de madre e hijo. Lo mío con Néstor fue increíble.
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